Se cuenta que un niño estaba siempre malhumorado y cada día se peleaba en el colegio con sus compañeros. Cuando se enfadaba, se abandonaba a la ira y decía y hacía cosas que herían a los demás niños. Consciente de la situación, un día su padre le dio una bolsa de clavos y le propuso que, cada vez que discutiera o se peleara con algún compañero, clavase un clavo en la puerta de su habitación.

El primer día clavó treinta y tres. Terminó agotado, y poco a poco fue descubriendo que le era más fácil controlar su ira que clavar clavos en aquella puerta. Cada vez que iba a enfadarse se acordaba de lo mucho que le costaría clavar otro clavo, y en el transcurso de las semanas siguientes, el número de clavos fue disminuyendo. Finalmente, llegó un día en que no entró en conflicto con ningún compañero.

Había logrado apaciguar su actitud y su conducta. Muy contento por su hazaña, fue corriendo a decírselo a su padre, quien sabiamente le sugirió que cada día que no se enojase desclavase uno de los clavos de la puerta. Meses más tarde, el niño volvió corriendo a los brazos de su padre para decirle que ya había sacado todos los clavos. Le había costado un gran esfuerzo.

El padre lo llevó ante la puerta de la habitación. “Te felicito”, le dijo. “Pero mira los agujeros que han quedado en la puerta. Cuando entras en conflicto con los demás y te dejas llevar por la ira, las palabras dejan cicatrices como estas. Aunque en un primer momento no puedas verlas, las heridas verbales pueden ser tan dolorosas como las físicas. No lo olvides nunca: la ira deja señales en nuestro corazón.

No sólo para controlar la ira, sino también para las cosas que hacemos

Tanto en el ámbito personal como en el profesional, recuerdo esta historia antes de enfrentarme a nuevos retos o cambios. Teniendo claro cuál es el objetivo, creo que es importante no equivocarse ya que sino clavaremos un clavito que luego habrá que quitar.

En la implantación de buenas prácticas evitar equivocaciones dando pasos en falso, evitará que clavemos más clavitos de los necesarios. Conozco el caso de una empresa que trató de implantar una CMDB (herramienta para gestionar la infraestructura TI) que desde el principio plantearon mal la implantación. Realizaron una inversión inmensa (clavo 1), un esfuerzo desmesurado del personal (clavito por cada participante) y nunca obtuvieron ningún resultado positivo (clavo diario). El resultado fue que el proyecto cayó por su propio peso, sin la herramienta implantada y dejando la puerta hecha un colador. Los participantes actualmente le tienen auténtico pavor a todo lo relacionado con ITIL.

La implantación de nuevas formas de trabajo requiere de un trato exquisito con las personas y de tratar el menor número de clavos posible, ya que la marca que quede puede ser un lastre.